Néstor Arce ha trabajado para diversos medios de comunicación nicaragüenses. En 2020, en medio de un contexto caracterizado por la persecución del régimen de Ortega contra los medios independientes, cofundó Divergentes. Sólo dos años después, ganó el Premio Ortega y Gasset a la mejor cobertura multimedia por el reportaje «El reto tras la masacre: memoria, verdad, justicia y no repetición», un especial sobre la represión política en el país centroamericano. Este trabajo le cambió la vida y lo obligó a exiliarse en Costa Rica.
Arce empezó en el periodismo en 2008, cubriendo fundamentalmente temas políticos, económicos y de tecnología para medios escritos y radiales. En 2012 comenzó a encargarse de la coordinación de reportajes y crónicas en formatos digitales para el periódico La Prensa. Entre 2015 y 2019 formó parte del equipo periodístico de El Confidencial.
En 2018, durante los meses de protestas sociales contra el régimen de Ortega, Arce sufrió agresiones físicas por parte de la policía en cuatro ocasiones. Un año después, cuando el gobierno inició una persecución contra El Confidencial, Arce se refugió en Estados Unidos.
Sin embargo, en 2020 regresó para fundar y dirigir Divergentes, un medio independiente de noticias e investigaciones sobre Nicaragua y Centroamérica. “Empezamos a darle cobertura y publicar reportajes sobre la pandemia del Covid-19 y cómo el Estado ocultaba las cifras de los muertos por contagio”, cuenta.
Tras sus primeras publicaciones, la persecución y el acoso estatal contra Arce y su equipo se acrecentaron. Por esta razón, tuvo que mudarse dos veces mientras vivía en Managua. “El gobierno empezó a perseguir al periodismo independiente”, recuerda. “Nos obligaron a hacer ‘periodismo de catacumbas’, es decir, clandestino, para protegerte a ti y a tus fuentes”.
Arce sabía que tanto él como sus colegas eran vigilados por los Consejos del Poder Ciudadano, unas organizaciones comunales de vigilancia controladas por el régimen de Ortega.
En 2022, tras ganar el Premio Ortega y Gasset, el régimen le negó el derecho a renovar su pasaporte, un mecanismo de control político que también ha utilizado contra otras personas, generalmente periodistas y opositores. Horas después, un oficial de migración conocido lo llamó y le aconsejó que se marchara del país, aunque fuera ilegalmente. “No podía correr el riesgo de que me llevaran preso, de morir o de que me sucediera algo. Colgué y esa misma noche crucé la frontera hacia Costa Rica de forma irregular”, recuerda.
Para Arce, ser refugiado y estar lejos del lugar donde creció le provoca una nostalgia que le embarga constantemente. No obstante, agradece contar con redes de apoyo de otros colegas exiliados y seguir ejerciendo su profesión. “Aún estando lejos, nos mantenemos al borde por la gente que queremos y que no tiene el privilegio de escapar. Y, sí, me refiero al borde de manera psicológica y emocional”, concluye.