Tras varios años en el exilio, a Mónica Baró aún le cuesta aceptar que no está en Cuba cuando despierta. Enfrenta esa realidad desde el 8 de enero de 2021, cuando abandonó la Isla tras varios años de hostigamiento por parte del Estado cubano.
Baró empezó su carrera periodística en 2012, cuando se graduó. Inicialmente, trabajó en una revista del Estado y en un centro de investigaciones del Instituto de Filosofía de Cuba. En 2015, empezó a trabajar con Periodismo de Barrio, uno de los primeros medios independientes de esa década, donde cubrió temas ambientales, de salud y derechos humanos.
En 2018 empezó a colaborar con El Estornudo, una revista de periodismo narrativo, y en 2019 se unió al equipo de reporteros. Ese mismo año ganó el Premio Gabo por un reportaje que documenta una crisis sanitaria y ambiental en un barrio pobre de La Habana.
La primera vez que Baró enfrentó la represión estatal fue en 2016, mientras cubría con otros colegas las consecuencias del paso del huracán Matthew por Guantánamo, una de las provincias más pobres de Cuba. En esa ocasión, fueron detenidos e interrogados en una unidad militar y, finalmente, obligados a regresar a La Habana.
Durante los siguientes años, Mónica pudo hacer periodismo independiente sin hostigamiento. “Me extrañó muchísimo, pero evidentemente ellos mantenían la vigilancia”, explica. Dicha “tranquilidad” acabó en 2020, cuando el Estado comenzó a acosarla regularmente debido a sus denuncias en trabajos periodísticos y redes sociales.
En uno de los interrogatorios que enfrentó durante ese tiempo, por ejemplo, agentes de la Seguridad del Estado le mostraron un expediente de más de cien hojas con impresiones de sus publicaciones en Facebook. “Para el régimen cubano no solamente es motivo de alarma tu trabajo periodístico, sino también tu alcance en redes sociales y la capacidad de movilización que puedas tener”, explica.
Como consecuencia, la multaron por violar el Decreto-Ley 370, que prohíbe difundir en redes sociales información u opiniones críticas con el régimen bajo excusas relativas al orden social.
Desde entonces, tuvo cercos policiales en su casa para que no saliera a reportear, interrupciones a los servicios de internet y acoso en redes sociales contra ella y su familia durante meses. En noviembre de 2020, durante otro interrogatorio, la presionaron para que abandonara el periodismo o Cuba. Finalmente optó por la última.
“Era un callejón sin salida. No me veía haciendo una carrera política y resistiendo como opositora desde mi casa: yo quería reportear”.
Inicialmente se exilió en España, donde estuvo un año y ocho meses colaborando con medios independientes. A mediados de 2022 se fue a Estados Unidos a estudiar una maestría en reportaje literario.
En el verano de 2023 empezó a colaborar con Martí Noticias, un medio del exilio cubano en Estados Unidos, donde hace notas diarias. Aunque no es el periodismo de largo aliento que ella prefiere, la mantiene conectada a su país. “Estos primeros años del exilio a uno le toma un tiempo encontrarse y saber cómo va a ser tu vida profesional en otro país”.