Carlos Cano

Mixco, 1984

Por Mariana Mora

A Carlos Cano lo que le gusta es la calle, la adrenalina de las manifestaciones y documentar con su lente lo que allí sucede. Su carrera inició en 2007, cubriendo protestas en Ciudad de Guatemala y áreas rurales. Catorce años después, el exilio le quitó la posibilidad de estar en terreno. “El cuerpo está acá, pero la mente en Guatemala”, dice.

Además del fotoperiodismo, ha hecho columnas de opinión, periodismo de datos, investigación, edición y documentales para varios medios guatemaltecos. En 2012 cofundó una colectiva de comunicación anticolonial llamada Festivales Solidarios, con la que realizan encuentros de arte y divulgan, a través de su altavoz digital, noticias e investigaciones sobre defensa del territorio, prisión política y memoria histórica. 

Desde entonces, su compromiso profesional ha estado con los pueblos originarios y mestizos que se oponen al extractivismo en sus territorios. Esta agenda y línea editorial le han traído persecución y represión. Ha sido hostigado por la Policía Nacional Civil, la Policía Municipal de Tránsito y el Ejército desde 2014. 

En 2015, un policía privado lo secuestró por siete horas cuando intentaba recoger documentos para una investigación que realizaba. Solo fue liberado tras la intervención de la Unidad de Protección a Defensoras y Defensores de Derechos Humanos (UDEFEGUA) y la Procuraduría de Derechos Humanos.

En 2016, un grupo paramilitar lo retuvo junto a su compañera después de cubrir un festival cultural contra una cementera y en 2020 sobrevivieron un intento de homicidio mientras cubrían la tala ilegal en un bosque de Totonicapán. 

Dos meses después del atentado, Carlos cubrió una protesta en la que incendiaron el Congreso de la República. La policía reprimió a los manifestantes y encapsuló durante siete horas a la prensa, a la que roció gases lacrimógenos. A Carlos le quemaron las manos con una bomba de gas lacrimógeno. 

Poco después, el Ministerio Público le exigió sus tomas de ese día para identificar y perseguir a manifestantes. Así inculparon a Lucía, su compañera, como una de las “incitadoras”. Tras diez años de cubrir prisión política, ambos saben que el Estado utiliza el sistema penal para perseguir activistas y defensores de derechos humanos incómodos al poder. “Por eso nos adelantamos”, explica Carlos. “Además, no hay condiciones judiciales y democráticas en el país para enfrentar un juicio”.

Aunque no fue la única razón para salir del país, fue la que les dejó sin opción. Carlos dejó Guatemala en abril de 2021. Después de pasar por ocho países en los últimos dos años, actualmente vive en España como asilado político.  

“Cuando empiezas a tocar fibras [políticas] sensibles en Guatemala, el exilio es una puerta”, dice Carlos. Para él, el gobierno de Jimmy Morales fue un parteaguas con el que la persecución que los pueblos indígenas han vivido desde hace 500 años alcanzó a personas que nunca la habían experimentado. 

Ahora Carlos escribe sobre la diáspora guatemalteca y sus causas en medios de Europa y Latinoamérica. “Decidimos salir de Guatemala para seguir documentando, comunicando y articulando para tratar de cambiar ese país lindo, chiquito y vibrante”.